miércoles, 29 de diciembre de 2021

LA PRIMERA VISITA

Un hombre y una mujer
Era un frío jueves de junio cuando llegué a aquel lugar para mí, hasta ese momento, desconocido. El reloj marcaba las 7:45 de la mañana y había poca gente esperando para ingresar. 
Cuando fue mi turno me temblaban las piernas pero me encomendé a Dios, tomé coraje y entré. 

El complejo carcelario estaba comprendido por cuatro módulos. Yo debía dirigirme al que se ubicaba primero, hacia la derecha. 

Al ingresar al edificio y después de hacer los trámites correspondientes, comencé a caminar por un pasillo sombrío. Tuve que pasar por varias puertas que eran abiertas y vueltas a cerrar por los guardias penitenciarios. En un salón que estaba reservado para las visitas hicieron que me detuviera y allí esperara. 

Al cabo de unos minutos llegó, animado y con buen semblante. Mi hermano se puso muy feliz de verme y nos dimos un gran abrazo. Yo sentí una mezcla rara de tristeza y de alegría. Conversamos de muchos temas, comimos algo que había llevado preparado, caminamos por el patio, leímos La Biblia y elevamos una oración al cielo. Pasamos un hermoso tiempo juntos. 

Pero, cayendo la tarde, llegó el momento de irme. Nos despedimos con un sentido abrazo y se me estrujó el corazón. Lo vi alejarse por el largo corredor con mis ojos llenos de lágrimas. 

Mi hermano estaba en ese presidio acusado de un delito que no había cometido. ¡Qué inmenso dolor! ¡Qué tremenda injusticia! ¡Quería llevarlo conmigo!

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