Hace un tiempo, tuvo tres bellos gatitos y, al cabo de unos días, otra gata llamada Nikita, también tuvo cría.
Cuando los gatitos tenían unos diez días de vida, Nikita desapareció, dejando a los pequeñines desamparados. La buscamos por todos lados y no pudimos dar con ella. Suponemos que algo malo le ocurrió.
Los gatitos estuvieron un día y medio sin la mamá y sin llorar. Pasado ese tiempo empezaron a maullar y yo miré a Dulce y le dije: _"Bueno Dulce ¿me podés ayudar? Nikita desapareció y sus hijitos están solitos". Ella me miró, miró a los gatitos, se metió en la caja, los cobijó, los lamió y alimentó. Sus crías habían sido dadas en adopción y todavía tenía leche.
Desde ese momento se hizo cargo de los tres gatitos de Nikita. ¡Toda una madraza!
Dulce tuvo un trato especial con ellos. Les ponía más atención y cuidados que a sus propios hijos. Su instinto le decía que necesitaban una cuota extra de amor y de protección.
Los gatitos se criaron muy fuertes y cuando cumplieron los dos meses fueron adoptados por buenas personas.
La actitud de Dulce me hizo reflexionar bastante...
A veces suelo escuchar que hay mujeres que se quejan de sus hijos, que los pequeños le molestan, incluso que hasta llegan a abandonarlos...
Deberíamos tomar como ejemplo a mi querida Dulce ¡Cuánto amor de madre me demostró un animal, una gata! ¡Cuánto cariño, tiempo y dedicación puso en criarlos! ¡Qué madre amorosa! ¡Qué súper mamá!









