A los pequeños les gustaba pasar las tardes de los sábados en la casa del Nono. Allí jugaban y se divertían a más no poder.
Comían las frutas del ciruelo, corrían a las gallinas, se escondían en el cañaveral, se mojaban en la pileta de la bomba y andaban en bicicleta.
Uno de sus mejores momentos era el de juntar bichos. Recogían mariposas, caracoles, vaquitas de San Antonio, hormigas, mamboretás, bichos bolitas y otros tantos.
Una vez que los tenían en los frascos, los observaban y estudiaban el comportamiento de cada uno de ellos.
Al cabo de un rato de juegos, los dejaban en libertad. Era muy hermoso ver como las mariposas y las vaquitas de San Antonio volaban fuera del frasco.
Los días de lluvia y de baja temperatura eran ideales para los juegos de mesa, para ver películas o series en la televisión y para merendar con el Nono.
Así pasaban las tardes más felices de su infancia. Disfrutando, creciendo y aprendiendo.
Pero lo más importante para ellos, era el inmenso placer de estar junto a su bello y querido Nono.










