Una vez hubo un hombre llamado León, noble y generoso, que vivía tranquilo junto a su familia.
Todos los días, mientras trabajaba en su taller, elevaba a Dios sus plegarias. Siempre ayudaba a quién podía y daba palabras de aliento al necesitado.
Todo iba por buen camino en su vida, hasta que un día ocurrió algo inesperado. Un mal intencionado ser, apoyándose en una mentira, lo envió a la cárcel.
Pasó varios años en prisión acusado de un delito que no había cometido. Perdió su taller, sus afectos y muchas otras cosas igual de importantes.
Con León se quedó su hermana mayor acompañándolo siempre. Su hermano menor no pudo con el problema y se fue lejos.
Un día salió en libertad y tuvo que empezar de nuevo. Volvió a armar muy lentamente su taller, a recuperar poco a poco lo perdido.
Con la ayuda de su hermana mayor, de los amigos, pero por sobre todo de Dios, salió adelante, logrando mucho más de lo que antes había tenido.
A pesar de ese mal tiempo vivido, León nunca dejó de creer en Dios y Dios nunca se olvidó de él.










