Es una mañana tranquila y el pequeño poblado se despereza lentamente. Transcurren los últimos días del otoño y la suave brisa, quita las pocas hojas amarillentas que les queda a los árboles. El paisaje es sombrío y solitario.
Por la plaza desierta, el anciano de ojos tristes camina a paso lento y cauteloso. Apoyado en su bastón, se detiene a contemplar a las palomas que revolotean a su alrededor.
Luego se sienta en una banca y sus ojos se llenan de lágrimas. El recuerdo de su esposa viene a su mente. Fue allí, en ese mismo lugar, en dónde le declaró su inmenso amor.
Fueron 50 años compartidos... Hubieron buenos y felices tiempos... y también, infinidad de situaciones difíciles, pero nunca se dieron por vencidos. Jamás pensaron en separarse y siempre resolvieron los problemas con paciencia.
Hacía ya un año de su partida... Ella había sido el ser más especial y maravilloso del mundo. ¡Cuánto la extrañaba!...
Pasados unos minutos, se dirige tranquilamente hacia la cafetería Nostalgias. Ordena una taza de chocolate caliente; acompañándola con unos deliciosos churros. Ese era el desayuno favorito de ella para ésta época del año.
Al terminar, emprende el regreso a casa, pasando primero por el puesto de diarios y revistas (para saludar a su viejo amigo Gregorio) y luego, se detiene para comprar un ramillete de jazmines en la florería. Esas eran las flores preferidas de su querida Margot.
El anciano de ojos tristes, todos los sábados, hace éste mismo recorrido; para no olvidar al amor de su vida.









