Todas las mañanas al levantarse, Sabina iba hacia la cocina. Allí se paraba junto a la ventana y esperaba.
Al cabo de unos minutos se presentaba. Su vuelo veloz y su pequeña figura revoloteaban sin cesar. En un momento se posaba en la reja y sus miradas se encontraban. Sabina lo saludaba y le sonreía. Así permanecían por unos minutos hasta que el colibrí emprendía su vuelo y desaparecía.
Pasado algún tiempo, su diminuto nido la sorprendió en una frágil rama del rosal florido. Allí trajo a su compañera y la familia creció. Dos bellos y diminutos pichones se asomaban con gran curiosidad.
Sabina disfrutaba de tan agradable compañía y su corazón rebozaba de alegría.
Ella, todos los días, daba gracias a Dios por la bendición de tan bella amistad.










