El tren nos esperaba en un andén sucio y descuidado de la antigua estación. Caía la tarde y la temperatura estaba agradable.
En la boletería, había un señor muy hostil que no respondía el saludo y siempre se enojaba por algo. Nos entregaba los boletos como si estuviera arrojando piedras.
Luego nos subíamos y allí comenzaba la pequeña travesía.
El viaje lo hacíamos con mi mamá y mi hermano menor. Éramos pocos los pasajeros y el viejo ferrocarril comenzaba a deslizarse lentamente por las vías, deteniéndose en pequeños parajes y poblados.
La formación no tenían luces y la noche venía llegando. Tampoco se podían abrir o cerrar las ventanillas. Y el baño... ¡para qué les voy a contar!
Una vez, en la oscuridad, se nos cayeron varios caramelos grandes y redondos. De repente, y por el pasillo, se empezaron a escuchar resbalones, insultos y risas.
Pero, a pesar de todo, el paisaje campestre y el aire puro se convertían en un verdadero placer.
De ésta manera viajábamos por más de una hora en el "tren fantasma" (así lo llamaba mi mamá) y al fin, llegábamos a destino.










