Es un bello amanecer de verano. El sol se asoma en el horizonte con timidez y corre una brisa suave y fresca.
El desayuno ya fue degustado, el esposo se fue a la cooperativa, los niños todavía duermen y la costurera se prepara para comenzar con su trabajo.
Telas, hilos, agujas, centímetro, regla, dedal, botones, elásticos, ganchos y demás elementos están colocados sobre la mesa de costura. Revisa la máquina de coser, la limpia y acondiciona. Todo parece estar en orden y entonces... ¡manos a la obra!
Un complicado vestido de baile nativo la espera. Ya fueron tomadas las medidas, están hechos los moldes y hay que cortar la tela. Es muy cuidadosa con los detalles, ya que éste es un modelo difícil. Una vez cortado, lo hilvana y viene la clienta para probárselo: ¡Le queda fantástico!
Ella muy contenta, cose el vestido con sumo cuidado y delicadeza. Luego lo termina colocándole cintas, moños, lazos y botones.
Entre tanto, en el parlante de la propaladora del pueblo, suena una alegre canción. La costurera tararea y canta al son de la melodía.
Y así pasa sus días, entre telas y cantos, construyendo toda clase de prendas. Ama su oficio y eso la hace extremadamente feliz.









