Yo tampoco era de hablar mucho pero, poco a poco, entre dibujos y juegos; nos convertiríamos en mejores amigas.
Pasamos desde el jardín de infantes hasta el último grado de la escuela primaria, ocho años, siempre juntas.
Recuerdo que a Julia le gustaba dibujar con lápiz negro. Sus papeles se llenaban de maravillosos diseños. También escribía y era amante de la historia.
Compartíamos el estudio y todas las tareas dentro del colegio.
Ella era como una hermana para mí y nunca nos peleábamos por nada. Éramos confidentes y muy compinches.
Una vez unas compañeras, por pura envidia, inventaron un chisme para que nos enojáramos. Pero nosotras nos dimos cuenta de lo que planeaban y no se lo permitimos.
Desde ese acontecimiento fuimos más unidas que nunca.
Fuera del colegio nos visitábamos, compartíamos fiestas de cumpleaños, comuniones, confirmaciones, salidas y otras muchas actividades.
Su hermano y el mío también eran amigos.
Aún cuando tomáramos por diferentes caminos, seguíamos unidas.
Sucedió que mis padres decidieron mudarse y nos fuimos a vivir a muchos kilómetros de aquel pueblo en dónde nos conocimos.
Mantuvimos comunicación por cartas y algunos llamados telefónicos y, después de un tiempo, ya no volvimos a saber la una de la otra.
Hace unos años tuve noticias de ella y supe que es escritora y profesora de historia.
Por nuestra vida van a pasar diferentes personas, algunas se quedarán un tiempo, otras se quedarán para siempre (aunque ésto último nunca me pasó), pero sé que de todas ellas nos va a quedar algo guardado en lo más profundo del corazón.
Quiera Dios que en algún momento nuestras vidas puedan cruzarse de nuevo. Pero de no ser así, me quedo con los bellos recuerdos de mi primera amiga, la de la infancia.










