Cada verano íbamos al campo a visitar a los abuelos. Allí pasábamos días maravillosos en su compañía y la del resto de la familia.
Había una gran variedad de árboles pero ninguno como él. Su aspecto inspiraba respeto. Tenia más de un centenar de años y muchas historias que contar.
Su sombra espesa proporcionaba frescura y descanso.
El viejo algarrobo era el lugar preferido para los juegos de la tarde y los asados del abuelo cobraban un sabor especial debajo de la frondosa copa.
Además, era la casa de muchos pájaros y las gallinas, al caer la tarde, se posaban en sus ramas y dormían plácidamente.
Sus vainas llenas de frutos lo adornaban, siendo de alimento para las aves y para mi abuela, que las recogía guardándolas en el bolsillo de su desteñido delantal.
¡Cuántos recuerdos! ¡Cómo amaba ese árbol!










