Mi primer día de clases fue en el Instituto Santa Teresita, colegio que pertenecía a la congregación de las hermanas carmelitas.
Estaba ubicado en el centro del pueblo, frente a la parroquia y a pocos metros de la plaza principal.
Yo tenía cinco años y éste fue el comienzo de un viaje maravilloso.
Durante los ocho años que estuve en el colegio, las hermanas carmelitas fueron muy importantes en la educación y formación de mi vida.
Las recuerdo a todas con mucha emoción, ya que supieron dejar una huella de amor en mi corazón de niña.
La hermana Primitiva dirigía el colegio.
Ella siempre nos conducía a la oración, a la meditación de La Palabra y a la comunión.
También nos llevaba a la reconciliación con Dios por medio de la cruz y al perdón para encontrar la calma que el alma necesita.
La maestra del jardín de infantes era una joven religiosa que se llamaba Mercedes. Agradable, fresca, simpática, cariñosa y muy alegre. Fue para mí como una segunda mamá.
La hermana Clara, la directora de la primaria, siempre tenía una enseñanza especial para cada situación. Fuera bueno o malo lo que sucediera, ella sacaba una reflexión constructiva.
Además antes de ingresar a las aulas y después de saludar a la bandera, rezábamos el Padrenuestro y al final, decía unas bellas palabras para agradecer a Dios por el nuevo día y encomendarnos a Él.
Una vez hubo un grupo rebelde que tenía a mal traer a todas las maestras que lo tuvieron a su cargo.
Fue así que llegó la hermana Olga y se puso al hombro la tarea de transformarlo. Con el paso del tiempo, éstos chicos cambiaron tanto que nadie los reconocía. El amor y la dedicación de ella hicieron que muchos creyeran que Dios hace milagros.
También en el colegio trabajaban maestras, profesores, administrativos y personal de limpieza, que no eran religiosos, y las monjas tenían un trato ameno y cordial para con ellos.
Las demás religiosas nos enseñaban música, canto, trabajo manual, catecismo, educación civil, ayuda comunitaria y otras tantas cosas importantes para la formación de un niño.
Llegué a pensar que si había ángeles de Dios en la tierra, debían estar disfrazados de hermanas carmelitas.
Todas ellas rebozaban de cariño, amor, compasión, ternura, altruismo, misericordia, vocación, fe, paz y templanza.
Pero por sobre todo sobresalían el amor de Dios y la gran dulzura carmelita.









